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Hoy en día las personas están tan expuestas a etiquetas como “hiperactividad” o “déficit de atención” que se han transformado en palabras de uso común distorsionando su verdadero significado por lo tanto se utilizan de manera incorrecta. Entonces porque no empezar hoy a llamar las cosas por su nombre adecuado. Empecemos por aclarar que “inquieto” e “hiperactivo” no son lo mismo así como tampoco “distracción” y “déficit de atención”. Pero como padres o maestros ¿Cómo saber la diferencia?

Inquietud

Como parte del desarrollo normal los niños, en edades tempranas (3 a 6 años) tienden a tener mayores niveles de actividad. Se suben a las sillas, corren, saltan, agarran o arrebatan los objetos que están a su alcance e incluso interrumpen a los demás o hablan en exceso. En casa los niños inquietos puede que rompan cosas, desordenen los juguetes o el cuarto e incluso hagan ruido excesivo al jugar lo cual es esperado o posible para cualquiera en la niñez temprana.  Luego de mucha actividad durante el día o en un periodo prolongado de tiempo el niño se cansa y se calma para luego retomar la actividad. Un niño entre estas edades es normal que no se quede en la mesa sentado por mucho tiempo, que quiera jugar muchas cosas distintas en el mismo rato o que se enoje con facilidad si no obtiene lo que quiere de inmediato.

En el salón de clase los niños inquietos son igual de difíciles de controlar que en casa. No se quedan sentados en su lugar por mucho tiempo, distraen a sus compañeros, interrumpen a la maestra, en una actividad prolongada pierden la concentración fácilmente o tocan y agarran lo que tengan a la vista. Regularmente se acatan a las reglas y la maestra aunque tras varios intentos y arduo esfuerzo logra regresar  al niño a su asiento o focalizar su atención en la tarea.  Con el transcurso del tiempo y la regulación disciplinada el niño inquieto logra establecerse en esta estructura, con un grado de dificultad y con más tiempo comparado con sus compañeros pero lo logra.

Hiperactividad

Este término es utilizado para describir niveles de actividad muy intensos que se ubican fuera de lo normal para la edad y etapa de desarrollo del niño. Por lo tanto la hiperactividad es “un trastorno de conducta caracterizado por una actividad constante, comportamientos cambiantes y dificultad de atención que se observan en personas con cuadros de ansiedad y niños”.

Los padres con niños hiperactivos se encuentran la mayor parte del tiempo utilizando frases como, ¿lo perdiste otra vez?, ¡deja de molestar!, ¡estáte quieto!, ¿se te olvido la agenda otra vez?, pareciera que le hablo a la pared, ¡no interrumpas! Entre otras que se vuelven de uso diario para estos padres. La mayoría de los niños con hiperactividad tienden a ser impulsivos lo cual les provoca conflicto con sus familiares, dan la impresión de que no aprenden cosas básicas como permanecer sentado, no interrumpir conversaciones, no agarrar cosas ajenas y no miden el nivel de peligro en actividades como trepar muebles, saltar o correr. Consecuentemente tienden a tener mayor cantidad de accidentes que otros niños de su misma edad  pareciendo como si no aprendieran de experiencias pasadas. Así también en la mayoría de los casos estos niños presentan dificultades para regular el sueño.

En el salón de clases el niño hiperactivo se le olvida su material, no aprenden a pedir permiso, se levanta de su asiento constantemente  y a pesar de todo el esfuerzo de la maestra parecieran no comprender o encajar en la estructura y las reglas del aula. Tampoco levantan la mano para contestar o gritan sus respuestas antes de que la maestra termine de  hablar interrumpiéndola consecutivamente. Así mismo estos niños al ser tan impulsivos tienden a tener dificultades y conflictos sociales con sus compañeros y trastornos emocionales y conductuales como ansiedad o depresión. Los niños con hiperactividad son descritos por otros maestros como, “parecieran que están movidos por un motor que nunca descansa”. Luego de actividades de tiempo prolongado o de actividad constante durante el día parecieran no agotarse y siempre necesitar algún tipo de estimulación.

Distracción

La distracción es algo muy común en el humano pero más en los niños ya que ellos aun están desarrollando su capacidad para concentrarse y enfocar su atención en un estímulo determinado. La distracción sucede cuando el niño desvía su atención en el momento que debe atender algo en específico. Un niño en edad temprana es muy normal que se distraiga fácilmente con la luz, sonidos e incluso sus propios pensamientos o fantasías. Regularmente un niño distraído pierde la concentración fácilmente, son soñadores o despistados pero con guía y disciplina logra enfocarla y realizar las tareas, siempre requiriendo más tiempo comparado con sus demás compañeros. Esto sucede en la casa y en el aula ya que cuando un niño sufre de problemas de concentración se nota más que todo en el proceso de aprendizaje.

 

 

Déficit de atención

Éste trastorno es de origen neurobiológico que se inicia en la edad infantil cuyos síntomas principales son, la impulsividad y el déficit de atención. Se caracteriza por dificultades para mantener la atención en tareas que suponen un esfuerzo mental sostenido. A menudo parece no escuchar, le cuesta seguir órdenes e instrucciones y tiene dificultades para organizar tareas y actividades, puesto a que tiende a olvidar lo que tiene que hacer y a perder objetos. Suele distraerse con facilidad ante estímulos irrelevantes. Las dificultades de atención suelen aparecer más frecuentemente durante la etapa escolar cuando aumenta la exigencia académica.  El problema de concentración o focalización de la atención es crónico y a pesar del constante esfuerzo del padre o de la maestra de re direccionar su atención por periodos prolongados de tiempo  rara vez lo logran.

Ahora sabemos que estos cuatro términos aunque parecidos son completamente diferentes, por lo que hay que tener cuidado en como etiquetamos a nuestros hijos o alumnos. La manera primordial en la que estos se diferencian es en base a la intensidad y la duración de los síntomas. Si su hijo o alumno presenta alguno de estos síntomas es prudente que se realice una evaluación psicopedagógica y emocional en la que se pueda determinar un diagnóstico certero para así ayudar al niño adecuadamente con recomendaciones y adecuaciones específicas en el hogar y el aula.

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